Ara mateix


Cridem qui som i que tothom ho escolti.
I en acabat, que cadascú es vesteixi
com bonament li plagui, i via fora!,
que tot està per fer i tot és possible.


Miquel Martí i Pol

lunes, 5 de diciembre de 2016

Water Street - José María Fonollosa





El mundo nos resulta ajeno, inhóspito. 
Debiera ser destruido por completo. 
Construir un mundo nuevo sin sus ruinas. 

Y estrenar una vida diferente. 

Pero al pasar el tiempo el nuevo mundo 
tampoco hallarán propio nuevos hombres.. 
También ellos querrán un mundo nuevo. 

Mejor fuera destruirlo y no hacer otro.

José María Fonollosa

domingo, 4 de diciembre de 2016

Palabras amigas - Mª DOLORS RENAU -

Un amigo,  Santi Guillen, impulsor de Gente Creativa –un grupo que estudia como las actividades creativas ayudan a conformar ciudadanía activa–, ha lanzado ante mí una frase que reproduzco: “No se puede entender que Donald Trump
gane, si no se tiene en cuenta el papel que juega el miedo. Los americanos tienen miedo.” Y he aquí, que de una manera tan gráfica como esta queda sintetizada una
reflexión que algunos han y hemos profundizado en varios ámbitos y trabajos sobre el papel primordial de las emociones a la vida política. Hasta hace poco se ha vivido en la creencia que aquello que rige las decisiones políticas es algo de razonable, medido y objetivo; sobre todo si se nos ofrece muy acompañado de muchas cifras destinadas a no errar nuestro escaso conocimiento de la realidad y, por lo tanto, a callarnos. La vida emocional parece reservada para el ámbito del íntimo, el privado. Cada vez más, pero, vamos redescubriendo que los sentimientos y las emociones personales, a menudo identificados con las colectivas, no solamente impulsan movimientos sociales sino que llegan a determinar la vía política, el destino de millones de personas.
Personas, grupos humanos y decisiones políticas movidas por las emociones. Sí. ¿Qué? ¿Cómo actúan? Sin poner nombre, sin otorgarlos el papel que juegan no se pueden explicar ni los grandes desastres ni las grandes proezas ni adelantos de la humanidad. Sería bueno poner nombres y hacer una buena lista de cuáles son estas emociones. Y colocarlas en el lugar exacto donde solemos situar las interpretaciones racionales. Y ver si nos aproximamos mejor a la complejidad de los movimientos y respuestas políticas.

Y he aquí una segunda sugerencia que nace como respuesta a la difícil y angustiosa pregunta sobre el que nos está pasando. Cuál es el origen del malestar actual bien manifiesto en tantos ámbitos de la vida personal y colectiva. Otra voz sabia y amiga, la de Victoria Camps, nos ofrece reflexiones poco habituales sobre la vida colectiva y sobre las actitudes deseables para afrontar nuestros malestares generalizados. Su libro Elogio de la duda abre perspectivas nuevas sobre las cuestiones de siempre conjugadas en nuestro presente. Y lo hace a pesar de que en esta época de respuestas rápidas y sencillas el dudar, poner en cuestión, plantear preguntas y relativitzar no resultan “ sexis”. En todos caso, plantea visiones muy útiles para mejorar la convivencia humana: huir de los dogmas, de los etiquetados, de las ideas monolíticas. Propuestas que se fundamentan en grandes pensadores, algunos de clásicos y otros más modernos que han reflexionado sobre los eternos conflictos que los humanos encaramos en cuanto que individuos libres y a la vez en cuanto que sers sociales y sobre los cuales Freud escribio de forma extensa  en su clásico: Malestar de la Cultura.
Las palabras amigas nos dicen que si comprendemos mejor el que pasa, posiblemente actuaremos y viviremos mejor.

Mª Dolors Renau
PSICÒLOGA I EXPRESIDENTA DE LA INTERNACIONAL SOCIALISTA DE DONES


fuentes
El Punt AVUI



sábado, 3 de diciembre de 2016

EL TEMBLOR José Ángel Valente



La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme, buscarme la cerviz, bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan
de tu cuerpo ausente.

Busco ahora despacio con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.

Bebo, te bebo
en las mansiones líquidas
del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua me recorre
y baja,
retráctil y prensil, como la lengua
oscura de la lluvia.

La raíz del temblor llena tu boca,
tiembla, se vierte en ti
y canta germinal en tu garganta.

 José Ángel Valente

sábado, 12 de noviembre de 2016

Arte y realidad - François Truffaut



Siempre he preferido el reflejo de la vida que la vida misma. Si he escogido libros y el cine desde la edad de los once o de los doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine.

François Truffaut

Enlaces
 François Truffaut y Antoine Doinel

viernes, 11 de noviembre de 2016

La muerte es mentira - MONTSERRAT ROIG


En Memoria del fuego, el maravillado y maravilloso libro del escritor uruguayo Eduardo Galeano, hay una bella leyenda sobre la creación del mundo, extraída de la mitología makiritare. La leyenda se titula La muerte es mentira, y en ella se narra cómo la mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.Dios los soñaba, pues, mientras cantaba y agitaba sus maracas y se sentía feliz, y a la vez estremecido, por la duda y el misterio. Los indios makiritare saben que si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento. La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban v bailaban porque estaban locos de ganas de nacer. Dios, en su sueño, los creaba y, sin dejar de cantar, les decía: "Rompe este huevo y nace la mujer y el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir, y otra vez volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira".
La muerte es mentira..., éste es el mito más antiguo: soñar que la muerte no existe, que se vuelve a nacer. Y si nos tenemos que encarar, perplejos y azorados, a su desnudez, inmediatamente la disfrazamos. Y es así que desde la antigüedad más remota vestimos a los muertos con objetos cotidianos para que se acerquen a nosotros; les calzamos o descalzamos según el ritual; les dejamos comida para que no pasen hambre en el más allá; les cubrimos con imágenes o con tierra, bajo un árbol o en el desierto; les limpiamos el nicho y les dejamos crisantemos, bellos versos o una palabra que diga algo. Da igual la religión. Incluso los que no creen necesitan exteriorizar algún gesto de despedida, una canción una bandera, un clavel rojo, un puñado de tierra. Desde hace miles de años los seres humanos queremos darle un texto a la dramaturgia de la muerte, necesitamos signos externos que nos aproximen a la vida, gestos que ,mitiguen el dolor, la separación, la ausencia. Porque vaciar la muerte de esperanza, sea la que sea, convierte el tránsito en un infierno privado, en la nada.
Sin embargo, me da la impresión que a los muertos de los recientes desastres aéreos y a los de la discoteca incendiada no se les ha otorgado este derecho. Se han convertido en muertos colectivos, sin privacidad, cuerpos sin dramaturgia, abandonados a la voracidad de las cámaras, mezclados entre hierros y cables, revueltos entre escombros, cenizas, emergiendo del vientre desgajado de un avión o balanceándose en una manta. Como si en este caso la piedad fuese un lujo ante la necesidad de informar con prontitud. No se les ha concedido el derecho a morir con una apariencia cercana a la nuestra, con un rostro que nos pertenece en calidad de especie humana. Sólo pedazos mutilados, carbonizados, retorcidos. Sin el cuerpo que fueron, sin su identidad.
Los medios de comunicación han defendido la profusión de estas imágenes en virtud de la llamada realidad objetiva. Hace años descubrí que nuestros ojos nunca son inocentes y que siempre plasmamos aquello que más se vincula a nuestra concepción del mundo. Ante catástrofes de este tipo puede haber distintas opciones, o bien correr para fotografiar un cuerpo hecho pedazos, calcinado y agarrotado, o bien sentir solidaridad por el ser vivo que le llora. Lo primero es un tipo de violación; lo segundo exige un trabajo más profundo. Y hay que elegir. A este ser que se ha quedado aquí con la ausencia hay que dejarle que viva la muerte del que se ha ido como le plazca, con lágrimas o con oraciones, con flores o con teatro. Una foto en primera página, o una imagen en un telediario, de un cuerpo que ya no es cuerpo ni consuela al que se queda ni evita las catástrofes. Ni siquiera informa. Ni tampoco da posibilidad de imaginar nuestra propia fragilidad. Es horror, miedo o asco.
Cierta Prensa que va creando escuela en nuestro país nos está acostumbrando al horror vacío de la muerte en el papel. Pero nunca sabremos si los muertos desean ser mirados para complacer la morbosidad de miles de miradas, que buscan este horror gráfico para mitigar su propio aburrimiento. Sólo los suyos pueden saberlo y nadie se lo ha preguntado. De todos modos, si la mayoría de la gente aspira a una muerte limpia y privada, también los cadáveres que antes fueron debieron de aspirar a lo mismo. Ni nuestra memoria colectiva está preparada para tanta oscenidad gratuita ni los que se quedan se merecen esta mala presentación visual de los suyos. Nuestra abuela es todavía aquella Antígona desesperada porque Creonte no le dejaba enterrar a su hermano Polínice, que, sentía terror a que éste fuese devorado por los cuervos.
No hay que negar la muerte, todo lo contrario, creo que hay que vivirla en todo lo que tiene de desgarro, de interrupción, de ausencia. Pero si la objetivamos en la desnudez de un desastre, negamos en realidad la vida. Lo que continúa, lo que está, los que se quedan. Dejemos que se desarrolle de nuevo y lentamente le dur désir de durer, como decía Paul Elouard. De otro modo, la vida y la muerte pueden perder su antigua trascendencia y convertirse en algo tan abusivamente monótono como las imágenes que ven todos los días millones de americanos USA, imágenes de muerte y desolación mezcladas con copos de avena en batidoras de tres velocidades. Por suerte, nuestra cuna sigue siendo Atenas y el Mediterráneo.
Dejemos que los vivos lloren a sus muertos como les plazca; que ellos elijan su ritual. Quizá algunos de ellos necesitan de silencio y paz para creer que la muerte es mentira, que en algún lugar perdido del Universo se vuelve a nacer. Y esto ya no incumbe a los medios de comunicación.
MONTSERRAT ROIG

*El País. Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 9 de enero de 1984
Fuentes:

jueves, 10 de noviembre de 2016

AUTOBIOGRAFÍA -Gloria Fuertes-




Gloria Fuertes nació en Madrid
a los dos días de edad,
pues fue muy laborioso el parto de mi madre
que si se descuida muere por vivirme.
A los tres años ya sabía leer
y a los seis ya sabía mis labores.
Yo era buena y delgada,
alta y algo enferma.
A los nueve años me pilló un carro
y a los catorce me pilló la guerra;
A los quince se murió mi madre, se fue cuando más falta me hacía.
Aprendí a regatear en las tiendas
y a ir a los pueblos por zanahorias.
Por entonces empecé con los amores,
-no digo nombres-,
gracias a eso, pude sobrellevar
mi juventud de barrio.
Quise ir a la guerra, para pararla,
pero me detuvieron a mitad del camino.
Luego me salió una oficina,
donde trabajo como si fuera tonta,
-pero Dios y el botones saben que no lo soy-.
Escribo por las noches
y voy al campo mucho.
Todos los míos han muerto hace años
y estoy más sola que yo misma.
He publicado versos en todos los calendarios,
escribo en un periódico de niños,
y quiero comprarme a plazos una flor natural
como las que le dan a Pemán algunas veces.

martes, 8 de noviembre de 2016

François Truffaut y Antoine Doinel

Antoine Doinel es un personaje cinematográfico de ficción creado por el director francés François Truffaut.


El artista y su desnudo manifiesto. Antoine Doinel, personaje y alter ego de François Truffaut y encarnado por Jean-Pierre Léaud. La perspectiva desde la niñez y adolescencia a la madurez en cuatro películas y un cortometraje: un recorrido de Léaud y Truffaut desde 1958 hasta 1978. A Doinel lo acompaña el personaje de Christine Darbon, su amiga y después novia y mujer. El papel encarnado por Claude Jade.

Los títulos son Los 400 golpes (1958),  Antoine et Colette (1962), (perteneciente a El amor a los veinte años, una película  de varias historias codirigida con MarcelOphüls, Andrzej Wajda, Renzo Rossellini, y Shintarô Ishihara.) Besos robados (1968),  Domicilio conyugal (1970), El amor en fuga (1978). El resto de su obra (especialmente La noche americana y La piel dura) rebosan también con confesiones y recuerdos de su vida.


Toda la saga de Antoine Doinel se presenta de manera progresiva. Primero, los pesares y rebeldías del niño malquerido; enseguida, el corto perteneciente a la película El amor a los veinte años, donde Antoine vive un amor platónico con una muchacha llamada Colette. Después, Antoine en pos de trabajo y de novia, cortejando a una chica formal violinista, Christine Darbon (Claude Jade); en tercer lugar, los avatares de la vida matrimonial con Christine, un embarazo y la irrupción de una japonesita de película. Para finalizar, Antoine, al borde del divorcio de Christine-Claude Jade, se reencuentra con la primera novia, lo que le permite relatar la historia de su vida y sus amores Los cinco films sobre la vida de Antoine Doinel  componen una maravillosa biografía de ficción.

Aunque, en cierto modo, Los 400 golpes responde bastante bien a la estructura de sketches de las posteriores películas. En un principio, Truffaut concibió una serie de relatos cortos en torno a la figura del niño disconforme que fue él (con anécdotas, todas reales suyas; o a veces de amigos y conocidos, o cogidas de los diarios)

Al final de Los 400 golpes comienza la carrera de Doinel, que atraviesa sin cese la genial Besos robados, Domicilio conyugal y la ya casi ochentera Amor en fuga: cuando se escapa, al final. Debajo de un puente, en esa campiña, mientras el desorientado celador que le busca pasa por encima corriendo, recuerda a 39 escalones (Hitchcock, 1935) o a Escape (Mankiewicz, 1948). Ya a partir de ahí Doinel no para.

Si Antoine et Colette continúa la estela sobria de Doinel con un amorío que volverá a aparecer en otras películas posteriores, Besos robados, es una renovación. Un salto, que marca el rumbo de esta descontrolada y deshilachada serie de encuentros de Doinel. Aparece la comedia genuina y aparece el personaje de Christine (Claude Jade), su paciente novia y posterior esposa, y ex esposa, que envejecerá junto a él hasta el año 78.

Doinel va creciendo a su lado, como los protagonistas de las series de la tele. Aparte, Amor en fuga tiene mucho de conclusión serial, incorporando refritos, como flashbacks: es la más floja aunque tenga fotografía de Néstor Almendros y a Deleure haciendo la banda sonora.





Los 400 golpes
Los cuatrocientos golpes (Les quatre cents coups, 1959). Fue su primer largometraje. Es considerada una de las primeras obras de la denominada Nouvelle vague. Dedicada a su padre intelectual André Bazin y gran éxito de Cannes
El título se refiere a una expresión francesa cuya traducción podría ser "hacer las mil y una", refiriéndose a todas las trasgresiones del personaje en la película, aunque también juega con el significado estricto de la expresión, es decir, con la enorme cantidad de golpes que la vida propina al protagonista
Antoine Doinel tenía 12 años cuando le vimos por primera vez,  es un adolescente parisino no especialmente querido por su familia. Su madre, que lo tuvo de soltera, tiene una conducta severa con él, su padrastro por su parte hace lo posible por tolerarlo. La falta de atención de su familia hace de Doinel un alumno díscolo en el colegio, pero sus travesuras y la mala suerte que tiene al descubrir a su madre con un amante, hacen que se vaya encaminado progresivamente hacia el delito, lo cual dará pie para que su madre junto a su padrastro puedan buscar deshacerse del muchacho con mayor ímpetu, mientras él sufre todos los golpes que le da la vida a su tan corta edad Y cuando, en un momento de descuido de la vigilancia del centro, el sagaz Antoine aprovecha para escapar corriendo por el bosque, sin mirar atrás, sin detenerse a descansar, movido por un irrefrenable deseo de libertad, no se puede sino alentarle en su fuga. Corre y corre hasta llegar al mar, pisar arena de playa por primera vez en su vida, mojarse los zapatos y mirar fijamente la inmensidad del océano. El pequeño Antoine Doinel ha triunfado, los ha dejado a todos atrás y se ha valido de sí mismo para cumplir uno de sus sueños: ver el mar. Truffaut nos despide de Antoine en esa playa, mirando a cámara, es decir, mirándonos directamente a los ojos. Es, quizás, el mas bello final del cine.




Truffaut no solo contó la historia de un niño como el que él fue, sino la historia de una época, en su film cristalizó la identidad de una generación de posguerra, urbana, alegre y al mismo tiempo aún cohibida por el eco histórico de la ocupación. Una generación de niños con ansias de libertad que encontraban su primer objetivo de rebelión en el sistema de enseñanza francés, escolástico y autoritario. Hizo ese retrato social, dibujó esa atmósfera hermosamente lluviosa del París otoñal, de la ciudad prometida para las artes y la bohemia. Pero además dejó una de las narraciones más auténticas sobre la infancia. En Los 400 golpes están los sufrimientos y alegrías de los niños de todas las generaciones, el sueño de crecer, la huída, el descubrir terrenos imposibles, la incomprensión del amor. Y por supuesto, lo que la convirtió en obra maestra, una forma de rodar nueva para contar todo eso, una manera diferente, en la que el movimiento sería una cuestión moral.




Antoine y Colette
Volvimos a encontrarnos con Antoine en París, una mañana pocos años después de su huída. Fue entonces cuando descubrimos que su escapada infantil duró cinco días, que después fue ingresado de nuevo en un reformatorio, esta vez uno con mayores medidas de vigilancia. El narrador de Antoine y Colette nos desvela, nada más arrancar el episodio del film colectivo El amor a los veinte años, antes de ver al joven Antoine, que después de los cuatrocientos golpes de su infancia, al fin ha logrado cumplir su sueño: tener un trabajo, pagarse un apartamento propio y ser completamente independiente, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Antoine tiene entonces 17 años y trabaja en la Phillips, haciendo discos de vinilo, su primer trabajo —y uno de los pocos normales que tendrá en la vida que le conoceremos. En su tiempo libre acude a los conciertos de las Juventudes Musicales, es allí donde el amor le sacude por primera vez. Conoce a Colette, otra joven aficionada a la música clásica. Tiene su primera experiencia con las mujeres, idealizada en la distancia que separa sus butacas en los conciertos, veremos al pobre Antoine vencer sus primeros miedos con el amor, la gran preocupación que le dominará en adelante. El aún un poco niño Antoine sufre por Colette, que nos lo deja abandonado con sus casi primeros suegros, con el corazón roto, humillado. La felicidad que nos produjo volver a saber de Antoine se queda con un regusto amargo al tener que volver a despedirlo en una encrucijada, herido.



 
Besos robados
Si Antoine et Colette continúa la estela sobria de Doinel con un amorío que volverá a aparecer en otras películas posteriores, Besos robados, es una renovación. Un salto, que marca el rumbo de esta descontrolada y deshilachada serie de encuentros de Doinel. Aparece la comedia genuina, el continúa tema del amor del mediometraje, y aparece el personaje de Christine (Claude Jade), su paciente novia y posterior esposa, y ex esposa, que envejecerá junto a él hasta el año 78.

Hay deshonores que son un honor. Volvimos a saber de nuestro querido Antoine Doinel en el momento de ser licenciado del ejército tras un intento de deserción. La recuperación de su libertad, la vuelta a la vida civil significa la búsqueda de Christine Darbon, un nuevo amor que nos es conocido por primera vez. Christine, como Colette, otra hija de padres amables, será a la postre el gran amor de Antoine. El joven vuelve a París, a la vida, y lo hace de la única manera que le es natural, corriendo, corriendo como si fuera el último día antes de morir, intempestivo y melancólico.

Besos robados es, tal vez, la mejor de las películas de Antoine Doinel después de Los 400 golpes. Truffaut ofrece algunas secuencias verdaderamente inolvidables. Antoine y Christinne experimentarán el tira y afloja, las contradicciones del amor juvenil, el vértigo de conocerse a uno mismo mediante la experiencia de descubrir en su intimidad a otro ser humano. Antoine frente al espejo de su cuarto de baño, mirándose fijamente, concentrado, repitiendo el nombre de su amor, Christinne Darbon, hasta dominar todas sus sílabas, domesticando el sonido de sus letras. Y después el suyo, que se le atraganta, su propio nombre, con que el que se trastabilla, convertido en un trabalenguas: “Antoine Doinel. Antoine Doinel. Antoine Doinel; Antoine Doinel, Antoine Doinel Antoine Doinel AntoinedoinelAntoinedoinelantoinedoinel”. La secuencia es uno de los mejores ejemplos de siempre del cine de autor, sus nuevas formas y preocupaciones. Una secuencia que, a buen seguro, el mismo Ingmar Bergman hubiera gustado de filmar. Al bueno de Antoine le dejamos en delicadas manos, las de la adorable Christinne, enseñándole —en otra secuencia memorable— cómo untar una tostada de mantequilla sin que se rompa, tan sencillo (y tan difícil) como colocar dos tostadas juntas, una encima de otra. 




Domicilio conyugal 
Comiendo mandarinas —un extraño símbolo truffatiano— le vimos quedarse frente al televisor con los padres de la insensible y cruel Colette, con el corazón hecho trizas. Y con mandarinas para su paladar arrancan los años de felicidad matrimonial de Antoine, junto a Christine. La primera secuencia de Domicilio conyugal, la cuarta película sobre la vida de Antoine Doinel, es la primera que no comienza con su atribulado protagonista. Otro personaje le ha robado la iniciativa por mérito propio, la bella y sonriente Christine, con la que recién acaba de casarse, pasea por París con su violín a cuestas, regalando sonrisas y comprando mandarinas para su Antoine. No se puede quejar el eterno corredor en fuga, lo tiene todo, una compañera magnífica, un pisito en un bloque de vecinos locos y encantadores, y un oficio tan cómodo e imposible como el de vendedor de flores tintadas de colores que él cree inventar.

Antoine, que ya en Besos robados pasará por toda suerte de oficios peculiares —de recepcionista de hotel a detective privado—, continúa engrosando su estrambótico currículum, dejando el negocio de las flores coloreadas por el de piloto a control remoto de maquetas acuáticas en una multinacional estadounidense de no se sabe muy bien qué sector. Será allí, en el pequeño lago artificial en las dependencias de la empresa, donde conocerá a una enigmática señorita japonesa que le roba el corazón. Antoine deberá enfrentarse a uno de los momentos más críticos de su vida adulta al encontrar a la desengañada Christine vestida de pies a cabeza con un traje tradicional nipón. La fuerza de tal impacto no bastará para que reconsidere su aventura, habrá de ser él, por sí mismo, quien deje atrás el desliz y reconozca sus errores.

Antoine es el mentiroso más torpe del mundo, el adulto más inmaduro que el niño que fue. Es Antoine, un personaje totalmente creíble, pero más ficticio que nunca. Un personaje que ha cobrado vida y parece actuar por sí mismo, en función a las normas de un universo igual de ficticio, tan creíble pero imposible como para que Christine le acabe perdonando y vuelvan a disfrutar de la vida en común.




El amor en fuga

“Toda mi vida no es más que correr sobre cosas que asombran”, dice la canción de Alain Souchon que sirve de banda sonora para el último de los capítulos que veremos de la primera parte de la vida de Antoine Doinel.

Alphonse, el hijo de Antoine y Christinne, tiene ya nueve años cuando comienza El amor en fuga —último de los films sobre Antoine Doinel—, y sus padres están definitivamente separados y a punto de ser el primer matrimonio de Francia en divorciarse de mutuo acuerdo. Al final, el incorregible Antoine ha seguido haciendo de las suyas, y pierde a Christinne. Sigue igual de inmaduro con treinta y tantos que  a los veinte, quizá más. Ha cumplido su sueño de escribir una novela —autobiográfica, por supuesto— y de publicarla, y trabaja como corrector de pruebas en una imprenta. Su nuevo amor se llama Sabine, es más joven que él, y resulta una mezcla perfecta de sus dos grandes amores anteriores, Colette y Christine. ¿Será el amor definitivo, el que le haga sentar la cabeza? De inicio no parece que ese vaya a ser su destino. En El amor en fuga Truffaut se decide a dar carpetazo a Doinel, un alter ego que desarrolló identidad propia y que ya vuela por sí solo. Pero antes de eso estará obligado a hacer examen de conciencia.

El amor en fuga es una delicia nostálgica para todos los viejos conocidos de Antoine Doinel. Tiene desde el minuto uno ese halo de la despedida que se sabe. Y lo único que queremos, llegados a este punto, es que Antoine sea feliz. Es un liante, no cabe duda, pero le tenemos tanto cariño, nos recuerda tanto al niño que fue, que no podemos sino sentir conmiseración por su ingenuidad, por la fragilidad de su fortaleza siempre atacada. Queremos que tenga suerte y que se le perdonen los errores, porque descubrimos que no siempre son culpa suya. Es emocionante y triste conocer la historia de la muerte de sus padres, el por qué no estuvo en el funeral de su madre. Es emocionante y triste ver de nuevo a Colette y el amor —como de primos— que le profesa a su Antoine, la sonrisa de esa mujer trágica al ver de lejos a su viejo amigo y decir: “Antoine se va corriendo, por lo visto no cambiará nunca”. Así es, Antoine no cambiará nunca, saldrá siempre corriendo cuando menos se espere, subirá a un tren sin billete solo porque necesita hablar sin parar con alguien que ha visto, y no importa que lo lleve a cientos de kilómetros. Él estará siempre donde le mande su corazón imprevisible.

Antoine Doinel es un personaje maravilloso, primero un niño con mirada de adulto, luego un adulto con mirada de niño. La última vez que le vimos, besándose con Sabine en una tienda de discos bajo la música de Alain Souchon, sintiéndose en ese beso como cuando de niño montó en una atracción que le hacía dar vueltas sin parar, y sentirse ingrávido, zarandeado, pero de placer, de felicidad, es el final perfecto para una vida inventada que no pudo ser más verdad. El eterno niño en fuga que siempre estará viendo el mar.



El hombre hecho cine. Aparte aquellos afanes sesenteros de un nuevo lenguaje, aparte del empleo de los códigos del montaje, de las diagonales del encuadre, del color y el uso de la profundidad de campo, está este simple asunto humano, el inevitable tema de la proyección personal, del drama y sus implicaciones. Un hombre, que representa a todos los hombres y a todos sus dramas en sí mismo. 


Universal e intransferible al mismo tiempo. Por un camino revolucionario, por un camino reaccionario, por un camino velado, por un camino lúdico o ambicioso, o por la franca autobiografía un artista se encuentra a sí mismo, o no. Esta es la historia de cómo François Truffaut, duplicándose con rigor, se reinventó. Fiel a su mundo, se fabricó uno paralelo casi idéntico. Fiel a sí mismo, se apuntaló en la carne de Jean-Pierre Léaud. Y salió ese chico apesadumbrado y autodidacta que por las mañanas de frío se ponía la ropa de calle por encima del pijama para ir al colegio. En un momento dado se puso a correr, y ya no paró.




Enlaces
Arte y realidad - François Truffaut

Fuentes:

http://revistamagnolia.es/2014/09/las-aventuras-de-antoine-doinel-francois-truffaut/
http://www.cinemania.es/noticias/te-voy-a-contar-mi-vida-10-directores-aficionados-a-la-autobiografia/
https://vimeo.com/119860863
http://www.cameo.es/catalogo/peliculas/pack-las-aventuras-de-antoine-doinel#.WBHfgfmLRPY
https://es.wikipedia.org/wiki/Antoine_Doinel
http://contrapicado.net/article/%E2%80%98besos-robados%E2%80%99-la-educacion-sentimental-de-antoine-doinel/
http://drugstoremag.es/2016/02/la-azarosa-vida-de-antoine-doinel/
https://es.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7ois_Truffaut
http://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/9589/Francois%20Truffaut
http://www.mgar.net/cine/dir/truffaut.htm

lunes, 7 de noviembre de 2016

AUTORRETRATO SIN ESPEJO - Txema Anguera


retrato del autor realizado por Rosa Prat Yaque.

bajito y gordo
fumador, cómo reo en capilla
bebedor, ocasional de a diario
constructor de albas delicadas
destructor del sueño a medianoche
niño dormido en la copla de la madre
viajero de visado falso en la bendita poesía
deseador convulsivo a días alternos
descendiente de un delirio marinero sin bahía
corazón loco
rescoldo de un incendio intencionado
desaire constante a los espejos, sus reflejos y sus formas.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Leila Alaoui la fotografa de la gente invisible



La fotógrafa franco marroquí Leila Alaoui era una de esas artistas que se empeñan en retratar a la gente invisible, fue asesinada a principios de 2016, en un atentado del grupo de Al Qaeda en BurkinaFaso. La llamaban la fotografa de la gente invisible.



Alaoui, nacida en Francia y criada en Marruecos, se había convertido en un ejemplo de la mujer árabe "sin ataduras, con presencia en el mundo del arte, una visionaria que trataba temas como la inmigración o los derechos de la mujer".


Hija de un empresario marroquí y de una fotógrafa francesa, Alaoui nació hace 33 años en París y vivió su infancia en Marrakech. Estudió fotografía en la Universidad de Nueva York y su trabajo fue recientemente presentado en la Casa Europea de la Fotografía en París. Vivía entre París, Marrakech y Beirut. Colaboró con el New York Times y la revista Vogue y había expuesto en el Instituto del Mundo Árabe, de París, en Dubai, Sevilla, Buenos Aires, Beirut, Amsterdam…

En España su trabajo saltó a la luz por uno de sus trabajos más festivos: los retratos que le hizo a Neymar, el jugador del FC Barcelona.

Leila Alaoui era una de esas artistas que se empeñan en retratar a la gente invisible, la que nunca aparece en los medios. Luchó para devolver la vida a la sociedad del olvido, a las personas sin hogar, a los emigrantes, con la fotografía como su única arma. Ella fue una “corresponsal de la paz". Hace varios años decidió recorrer Marruecos con una laboratorio fotográfico portátil para llegar a los lugares más recónditos. Logró plasmar la dignidad y el orgullo que emanan de personas olvidadas por los medios, el poder y el resto de la sociedad. De ese viaje, que ella consideraba todavía inacabado, nació uno de sus más célebres trabajos, Les Marocains



 Las fronteras, las razas, las religiones, las diferencias de sexo, fueron siempre el eje de su trabajo. Amnistía Internacional le encargó un reportaje fotográfico centrado en los derechos de las mujeres en Burkina Faso. Se encontraba el viernes 15 de enero en el café Capuccino, de la capital Uagadugú junto a su conductor, Mahamadi Ouédraog, cuando la locura del terrorismo islamista irrumpió en su vida.

En principio, Uagadugú no parecía un destino de alto riesgo, como señaló después Amnistía Internacional. Pero en el momento en que Leila conversaba por teléfono con su madre aparecieron varios terroristas de Al Qaeda en el Magreb (Alqmi), dispararon contra ella y su conductor y continuaron hacia el Hotel Splendid, que se encontraba en frente Era el recinto, supuestamente seguro, donde se daban cita los internacionales y el personal de la ONU. Pero Al Qaeda en el Magreb Islámico reventó sus muros, primero con un coche bomba y luego con un intenso tiroteo y el secuestro de más de cien personas. Murieron treinta personas en el ataque. Entre ellos, Leila Alaoui y su chófer Mahamadi Ouédraog, padre de cuatro hijos.

 Fue trasladada rápidamente al hospital Notre Dame de la Paix de la ciudad, donde falleció tres días más tarde por un ataque al corazón a raíz de sus heridas. Tenía 33 años de edad. También falleció su conductor Mahamadi Ouédraogo, dentro del vehículo donde se encontraba a raíz de los disparos recibidos.

El Estado marroquí se hizo cargo de los gastos del traslado de sus restos a Marruecos, donde fue enterrada. El director de la Casa Europea de la Fotografía (MEP) y el presidente del Instituto del Mundo Árabe hicieron una declaración conjunta alabando su trabajo dando «voz a los sin voz» y diciendo que era «una de los fotógrafas más prometedoras de su generación».

Apenas tenía 33 años, pero su nombre se pronunciaba con reverencia, la fotógrafa más prometedora de su generación, capaz de hundirse en los peores conflictos del mundo para gritarlos y de mezclarse con personajes famosos, de la moda o el deporte, siempre tratando de exprimir su esencia.

Desde Francia, el escritor franco marroquí Tahar Ben Jelloun escribió: “Ni su talento, ni su inteligencia, ni su sensibilidad, ni su belleza la han protegido. Leila Alaoui, una artista apasionada que sabía descubrir lo real detrás de la apariencia, mostrar el esplendor de un cuerpo detrás del velo de los prejuicios (…), ha sido víctima de la brutalidad salvaje en un momento en el que nadie lo esperaba”.

La calidad de su trabajo puede apreciarse en su blog. Para presentar su trabajo, Los marroquíes, escribió: “Los fotógrafos utilizan a menudo Marruecos como marco para fotografiar a los occidentales, para darles una impresión de glamour, mientras relegan a la gente local a una imagen rústica y de folclore, perpetuando así la mirada condescendiente del orientalismo. Yo he tratado de contrarrestar esa mirada adoptando en mis retratos técnicas de estudios análogas a las del fotógrafo Richard Avedon en su serie “In the American West”, que muestran a las personas con gran autonomía y elegancia, y reflejan el orgullo y la dignidad de cada individuo.